martes, 7 de marzo de 2023
Paco Merino: el mejor en su puesto
PACO MERINO: EL MEJOR EN SU PUESTO
Siempre me ha gustado el apellido Merino por lo que tiene de relumbrón medieval y en este sentido no he conocido a nadie, ni actor ni no actor, ninguna cara que para mí mejor represente ese relumbre tan especial al que me refiero, que Paco Merino. No sé si él estará de acuerdo, hablo de mí.
Será que lo vi por primera vez haciendo de bachiller cervantino en Las gallinas de Cervantes. Que más tarde lo vi atendiendo una venta de ruidosos arrieros entre los que muy bien podrían encontrarse los dos locos geniales de La Mancha. No sé. Lo cierto es que Paco Merino sigue teniendo para mí, a día de hoy, la cara del posadero afable, la apariencia gratísima del animador incansable de mesones castellanos y fogones medievales.
Será, en fin, por todo eso y por lo que no es eso, y porque al conocerlo personalmente no se ha alterado un ápice mi apreciación inicial sobre su natural compechanía y gallardo sentido común, por lo que siempre me lo imagino poniendo orden y cordura en el plato y en los ademanes de sus huéspedes, sean éstos los más levantiscos de la gran venta del mundo. Y ello siempre con una palabra afable y un vaso de buen vino. Un humilde vino que en sus manos es... ¡manjar de dioses!
A Paco Merino lo tenían que nombrar embajador de buena voluntad para que acudiera a resolver los conflictos allí donde tuvieran lugar, armado siempre por todo instrumento del jarro desportillado y generoso, con la seguridad de que lograría conciliar, sólo con unas pocas palabras "verdaderas", sabias y prudentes, a los enemigos más encarnizados. Hacen falta muchos Paco Merino.
Los ojos negrísimos, redondos como platos de puro asombro ante la vida y ante las cosas, siempre dispuestos a elevarse al cielo (o a volverse hacia sí mismos) para volver de inmediato a la tierra con una frase sensata cargada de humanismo, con una ponderada ironía llena de saber popular y de bondad con que repartir -y departir- a manos llenas. La palabra bien pronunciada y sabia que ilumina de repente, como un cortocircuito, la mayor de las confusiones en la vida y sobre las tablas.
Porque eso, esa sabiduría ancestral que para mí lo hace brillar sobre el común de los mortales en cualesquiera foros donde se encuentre (hace nada en la Casa de Galicia celebrando la Festa do Galo do Curral), no quiere decir que nuestro personaje se sitúe por encima de sus semejantes. Muy por el contrario, sabe Paco Merino mirar a la cara a sus interlocutores, sean de la talla que sean, y comunicar con ellos, por medio de una honestidad y una intensidad envidiables, esos sentimientos que con tanta hondura sabe buscar en su interior.
Mesonero humanista de venta cervantina. Tal vez incluso podría ser el mismísimo Sancho, un hombre capaz de embarcarse en cualquier locura no por sí, que él está bien donde está y no requiere nada más, sino porque un amigo del alma se lo solicita. Nunca queriendo ser Quijote sino tratando de hacer bien el papel a él encomendado, el más humilde servidor sea cual sea la servidumbre a él destinada. Nunca perdido en las nubes de la nostalgia o de la fantasía de lo que pudo ser sino bien plantado en el suelo a la manera del más humano rechoncho y lleno de sentido común que han visto los siglos: Sancho mismo.
Personaje secundario como él pero siempre perfecto allí donde esté, el más necesario en su papel, indispensable para que los demás funcionen y brillen. El que no ataca nunca en primer lugar, pero que si le atacan, sabe defenderse como nadie, con el dardo de la palabra clara que da siempre en la diana certera. El que sabe mostrarse fiero cuando las circunstancias lo requieren, sin perder nunca por ello la educación ni la dignidad. El que a la zafiedad ambiente, opone el humanismo de su humilde sensatez.
Así es como yo veo a Paco Merino, un actor al que admiro de lejos, sin conocerlo apenas. No sé nada de su vida privada, no sé ni su fecha de nacimiento ni falta que me hace. Sólo sé lo que he visto con mis ojos y lo que traen los diccionarios, que es escueto pero rotundo:
A los treinta años abandona un trabajo seguro en la banca (al menos era seguro hace 30 años) y se dedica, por suerte para nosotros, al teatro. Emprende así una larga carrera de éxitos que han hecho de él uno de los actores españoles de más renombre, pero sobre todo uno de los más apreciados y queridos por el gran público a causa de su gran sensibilidad. Entre sus obras dramáticas, cabe destacar: Los gigantes de la montaña, a las órdenes de Miguel Narros, La detonación, con José Tamayo. Para el Centro Dramático Nacional representó El Proceso, a las órdenes de Gutiérrez Aragón y Noche de guerra en el Museo del Prado, bajo la dirección de Ricard Salvat. Vino después La vida es sueño, dirigido por José Luis Gómez, La salvaje, por José Osuna, Pluto, por Juan Diego, Mata-Hari, por Marsillach, Luces de bohemia, por Lluis Pasqual, Coriolano, por Richardson...Y un largo etcétera que no se agota en una cuartilla y que se prolonga hasta hoy con numerosas películas a las órdenes de directores españoles (Pilar Miró, Carlos Saura, Juan Miñón Trujillo, Martínez Lázaro, Víctor Erice, Carlos Berlanga, Fernando Colomo...), así como numerosos trabajos en televisión.
Pero además Paco Merino ha conseguido ser querido por el gran público (se abren sonrisas de simpatía al nombrarlo en cualquier espacio) y, algo rarísimo, es respetado por sus compañeros y no tiene enemigos dentro de la profesión. También ha sabido conectar con las nuevas generaciones para las que es un maestro del buen hacer y del saber estar. Lo admiran al margen de escuelas y tendencias porque saben que donde él está, está como nadie. Que esa calva y esa expresión tan trabajadas encierran toda la sabiduría y la experiencia de los grandes actores y esos ojos asombrados guardan toda la inocencia preservada de los segundones, un epíteto que él dignifica y que también nos lleva de nuevo a la Edad Media, a una casta a la que pertenecía nada menos que El Cid.
Porque no es Paco Merino el que manda en el escenario generalmente, casi nunca lo es, pero tan bueno es en lo suyo, que podemos estar seguros de que donde él está, es insustituible. Que cual sea el papel que desempeñe, el más ingrato, lo bordará, y eso es lo que el público de hoy sabe apreciar. Un hombre que es él y sus circunstancias en la escena del mundo y que vive y trabaja sin empeñarse en ser lo que podía haber sido si las circunstancias hubieran sido otras y no las suyas. Toda una lección de buen hacer desde su rincón. La sabiduría de Sancho.
Pueblo de León en medio del Camino de Santiago.- Las mujeres se quedan extasiadas ante la pequeña pantalla que ilumina la sobremesa aldeana. Fuera soplan vientos otoñales: "-¡Qué suerte tiene esa señora, haber conocido a ese hombre tan bueno! ¡Y siendo viuda, la pobre!", exclaman casi al unísono varias de aquellas mujeres, casi todas viudas.
El hombre bueno de la serie Calle Nueva, que Televisión Española emitía en la sobremesa hacia finales de los 90, era Paco Merino y, sí, verdaderamente la viuda aquella había tenido una suerte loca. Una suerte enorme al encontrarse a Paco Merino en medio de las tribulaciones, con el berenjenal de familia que le había quedado al morir su esposo. Porque el bueno de Paco Merino, aparte de consolar a la pobre viuda, era el encargado de poner calma y sosiego en medio de aquel río revuelto donde todos eran malos malísimos, mucho más de lo que parecían. Verdaderamente... ¡Qué habría sido sin él, sí, de aquella pobre viuda! La cosa daba mucho que pensar. Verdaderamente.
Poco después tuve la suerte de conocer a Paco Merino en persona, fuera de la pantalla y aún de los escenarios. Estábamos en la SGAE celebrando la salida del libro de su amigo, el también actor Juan Jesús Valverde (Los pasos de un actor, ed. Ariel) y allí se me mostró tal como es él en la vida real. Cosa curiosa, me encontré con un Paco Merino idéntico al de la serie, igualito al personaje cuyo nombre ya he olvidado. ¿Para qué iba a recordarlo si eran idénticos? Con prontitud inusitada, me dirigí a él en pleno brindis por el libro:
-Que dice mi madre que es usted buenísimo, una buenísima persona. Lo ve a usted todas las tardes.
-Pues póngame a los pies de su señora madre -repuso Paco con voz pausada, la misma que tenía en la dichosa serie. Empecé a pensar que no era tan vergonzante ver esas series, sobre todo si en ellas salían personajes como Paco Merino.
Efecto de la copa, me atreví a pedirle también una foto, que se retratara conmigo a lo que accedió, y fue la actriz Amparo Clíment quien ofició de fotógrafa (todavía no le he devuelto el favor). Así podría yo demostrar en mi pueblo, a todo el que lo pusiera en duda, que lo conocía. Que me codeaba yo en los madriles con tan ilustre personaje. Que rabiaran las viudas.
A través de Juan Jesús Valverde, vecino de Los Austrias, acudí a verlos representar Trampa para un hombre solo, en el Teatro Muñoz Seca. Cosa curiosa, Paco Merino hacía un personaje que ni pintado para él. Secundario y perfecto. También por entonces hizo en el Círculo de Bellas Artes aquel monólogo de Salvador Enríquez, El hombre que no vio el mar, y lo bordó.
¿Será que Paco Merino tiene la virtud de hacer que todos sus personajes se le asemejen? ¿Y que tan grande es su apropiación de ellos, que lo logra? Yo creo que los trabaja tanto, que no para hasta identificarse, hasta hacerse él con ellos y ellos con él. Que se los aprende de memoria a través de un enorme trabajo sobre el texto. Es posible y hasta seguro, algo que, de ser así, compartiría con Saza, por ejemplo. No sé. Siempre le he visto magistral en sus papeles sin ser éstos excesivamente importantes y creo que el secreto no es otro que el trabajo minucioso y constante. De compromiso total con su quehacer.
A vueltas con mi manía medievalista, voy al diccionario: Merino es, según el Diccionario Etimológico Corominas, "la autoridad puesta por el rey o un gran señor para ejercer funciones fiscales y posteriormente judiciales y militares sobre cierto territorio." Pero también: "perteneciente a la especie mayor (maiorinus) en cualquier materia, aplicado en la Edad Media a las autoridades". Todo me da la razón.Y hasta Merino Mayor había, lo cual es una redundancia, puesto que Merino (maiorinus) ya lo significa de sí y por sí, por contraposición a otros. Un cargo que dio lugar a un topónimo que aún pervive en Castilla la Nueva: Merindades. Haría en esto también Paco Merino honor a su apellido. Sería el Merino Mayor. El mejor en su puesto.
María Anunciación Fernández Antón
Héctor Colomé y Nuria Gallardo en Tirano Banderas
TIRANO BANDERAS SERÁ HÉCTOR COLOMÉ Y NURIA GALLARDO, LA MUJER
No podían haber encontrado a otro mejor, no podían haberse ido a fijar en uno que mejor encarnara sobre las tablas la figura del tirano que inmortalizara para el teatro el genio de Ramón María del Valle-Inclán.
Cuando me lo dijeron tan sólo hace unas horas, en la sala Manuel de Falla de la SGAE, y el propio Héctor Colomé estaba presente allí mismo, en carne y hueso de actor, comprendí que el papel estaba hecho para él. Que él llevaba toda la vida esperando a ese Tirano y que ese Tirano sudamericano lo estaba esperando a él a lo largo de los años (más de un siglo) para apoderarse de su sustancia humana, que, en el caso de un actor, sólo puede estar hecha "de la misma materia de los sueños".
Me basaba en todo lo que de él he visto, en cine, teatro y televisión, pero, pero sobre todo en lo que su persona tiene ya de emblemático para mí, que inevitablemente lo veo pisando la escena hasta cuando va por la calle. O cuando come gambas, como esta mañana. Es decir, no sé nada más de él, ni su edad ni su vida privada me conciernen, todo en él me es ajeno excepto el recuerdo de verlo actuar. Y sus papeles, todos, hacen honor a lo que digo.
¿No hizo acaso hace años en el Teatro de la Comedia el inolvidable Basilio, aquel desgraciado rey de Polonia y padre de Segismundo en La vida es sueño, que sentado en aquel imponente trono dorado tan bien ilustraba, con su perfil de águila y su voz de piedra, todas las glorias y miserias del poder?
Por entonces debía de ser muy joven Héctor Colomé, mucho más que ahora quiero decir puesto que ya hace casi diez años de aquella representación. Sin embargo, qué empaque, qué presencia escénica tenía ya allí y qué manera de actuar que dejaba pequeño el escenario, abrumado aquel padre por la horrible carga de tener que encerrar al hijo amadísimo en una torre. O dejarse matar por él, como anunciaron los terribles hados. Qué madurez entonces como actor, lo que da que pensar qué hará ahora cuando, más maduro, se enfrente a Tirano Banderas.
Como yo siempre hablo de las clases populares a las que pertenezco, tengo que decir que su papel en la serie de TV recientemente concluida "Luna Negra", salvó muchos días del tedio a los sufridos telespectadores de todas las edades, incluida la llamada tercera edad. Su figura de malo malísimo a más no poder, junto con la de María Luisa Merlo que hacía de moderadora, salvaron los últimos días de una serie que, devorada por el éxito inicial, se extendió hacia el final de sus días en más capítulos de la cuenta.
Recientemente me tocó hacer la crítica de Noche de Reyes sin Shakespeare, de Marsillach, que en el María Guerrero dirigía su viuda (de Marsillach) Mercedes Lezcano. "Toda la obra es Héctor Colomé", dije entonces. "Su presencia, su gesto, pero sobre todo su voz, sirven la obra por entero, llenan la escena y es lo único que allí significa". Me parecía crueldad con el resto de la plantilla y con la directora misma, pero era la pura verdad. No podía decir otra cosa que lo que había visto desde la platea.
Pero no creo que vaya a suceder ahora lo mismo, porque en este caso su partenaire femenino será nada menos que Nuria Gallardo, la inolvidable Tamar calderoniana (La venganza de Tamar) que tuvimos ocasión de presenciar hace pocos años en el Teatro de la Comedia. Fue un escándalo su desnudo, que casi impidió que se hablara de su buen trabajo, algo que ya era de sobra conocido. Está igual de guapa, pero mucho más hecha como actriz. Sus actuaciones destacadas, igual que las de Colomé, llenarían varios folios como éste. Baste decir que es una actriz que abarca todos los registros y todos los géneros: Lope de Vega, Chéjov, Pessoa... Y que como sucede con Colomé, el teatro en su vida es parte sustancial e inseparable del conjunto.
La obra, producida por el también actor Tomás Gayo, empezará a rodar en octubre por provincias para aterrizar posteriormente en Madrid, ojalá que coronada por el triunfo. Quiero nombrar también a mis amigos los actores Cipriano Lodosa, Chema Muñoz, Ismael Elejalde, Julio Escalada, Carlos Santos, Mundo Prieto y Ángel Burgos, a los que conozco muy bien porque acaban de actuar en La Serrana de la Vera, El Caballero de Olmedo y La Celosa de sí misma.
María Anunciación Fernández Antón
María Fernanda DÓcón y María Jesús Valdés
MARÍA FERNANDA D'OCÓN Y Mª JESÚS VALDÉS, DOS DAMAS DE ROMANCE
Madrid, 24 de mayo, 8 de la tarde. El espacio era ameno, pues se trataba del Casino de Madrid en la Calle Alcalá, foro ya de cultura y no de juego, donde los libros conviven con la nouvelle cuisine y demás zarandajas rococó por techos y escaleras (no hay culpabilidad en ello, que todo esto es cultura, ya lo vamos entendiendo las masas cerriles) en una armonía difícil pero lograda. Salón Real, augusta denominación que ya de por sí invita al descanso, tanto más logrado cuanto que uno asiste al grato evento en calidad de último mono y así es como debe ser. Lo demás, vanidad de vanidades, dijo El Eclesiastés.
Ya había allí abundante surtido de académicos (Gregorio Salvador, muy seco él, de la Lengua; Gonzalo Anes, encantador, de la Historia) y teatreros (Gustavo Pérez Puig, siempre accesible), algunos que reunían las dos características juntas (Antonio Mingote, todo gentileza) y celebridades en general del mundo de la cultura y hasta de la política (el exalcalde de Madrid José Luis Álvarez, Federico Trillo, Fernando Suárez, Marina Castaño) como para que una no pudiera tomarse un merecido descanso entre tanto canapé indescifrable y sopa de ajo de diseño.
Y por encima de todos ellos, dominando el espacio escénico como una aureola, las dos damas del teatro español y universal cuya presencia ya habría bastado, y de hecho bastaba, para llenar y aún iluminar por sí sola, aquellos salones: María Jesús Valdés y María Fernanda d'Ocón. Tan era así, que el mayor acierto de los organizadores del acto era el haberlas convocado juntas a ellas dos como anfitrionas y madrinas y como reclamo al fin de la fiesta. Dos auténticas damas de la escena que hacen grande hasta lo más ínfimo.
Porque el evento no eran ellas, eso estaba claro y era evidente que ellas estaban sólo de adorno y acompañamiento, pero el que las invitó bien sabía lo que iba a ocurrir y a eso vamos, que cuando pienso que Jaime Campmany fue crítico teatral en sus inicios periodísticos, doy saltos de alegría sólo de pensar en el brillante porvenir que me espera.
Pues se trataba, en efecto, de la presentación de un libro del citado periodista Jaime Campmany, un libro de romances modernos titulado nada menos que "Romancero de la Historia de España. De Atapuerca a los Reyes Católicos)", título que nos hace esperar (o temer, según se vea) una segunda parte para los más de cinco siglos que quedan sin tocar. La editorial, LA ESFERA. La concurrencia, numerosa. Bien. Hasta aquí todo de lo más trivial, pues ya sabemos que en Madrid, cualquier tarde a esas horas, o das una conferencia o te la dan.
Pero el avezado periodista echó mano, en un acto de sagacidad envidiable por demás, de sus conocimientos y de su experiencia como crítico teatral, para invitar, so pretexto de que recitaran sus romances, a las dos damas cuya actuación estelar no sólo le iba a resultar útil a la hora de realzar la indudable calidad de los octosílabos sino también para llenar con su sola presencia los locales del Casino y asegurar de este modo el éxito total del evento y del libro.
Así, cuando los oradores que escoltaban al autor en la mesa (Gonzalo Anes, presidente de la Real Academia de la Historia, y Federico Jiménez Losantos, de la COPE) concluyeron su papel de oficiantes padrinos, cuando a los parabienes y felicitaciones de los padrinos se sumaron las palabras del propio autor agradeciendo la presencia allí de todos, se concretó la sorpresa largamente anunciada de las dos actrices madrinas intervinientes, y fue sólo entonces cuando las dos damas, sentadas hasta entonces entre el público asistente, subieron al estrado para recitar.
En ese momento María Fernanda D'Ocón tomó por su cuenta el Romance de Florinda La Cava y el rey Don Rodrigo, no el que escribiera aquel poeta anónimo del XV sino el del libro de Campmany, y le añadió todo el ardor guerrero y pasional que ella es capaz de crear para tales personajes sobre un escenario. El escenario que sea. A continuación fue el turno de María Jesús Valdés y con ella en el estrado, La Jura de Santa Gadea, que tan mal deja al gran rey Alfonso VI, pareció que suavizaba, al conjuro de su voz, las rencillas entre reyes y nobleza.
Las dos cosecharon enormes aplausos y lo único que puedo desear es que cunda el ejemplo y que se repita el caso. Ojalá que para cualquier evento se contara con las gentes del teatro porque seguro que ellos sabrían poner, con sus actuaciones, el punto de reflexión en medio del desbarajuste que suele reinar en las reuniones y "saraos" culturales en general. Y quién sabe si ello acercaría a las gentes al teatro haciéndolas acudir más tarde a las salas.
Nota: Mientras escribía este artículo, la autora tuvo que hacer grandes esfuerzos para que no le salieran pareados.
María Anunciación Fernández Antón
Aurora Bautista: el rostro de tantas heroínas
AURORA BAUTISTA LA ACTRIZ QUE PUSO ROSTRO A TANTAS HEROÍNAS
Pocas figuras tan dignas de estar en los diccionarios del cine y del teatro español como Aurora Bautista, la actriz que puso rostro a tantas heroínas que han sobrevivido a los avatares de la Historia de España gracias al cine. Pero sea que vivimos demasiado de prisa y todo lo olvidamos muy pronto, sea que Aurora Bautista pertenece al repertorio de caras que los jerifaltes de la cultura asocian con los años más duros de nuestra reciente historia, lo cierto es que su imagen ha quedado relegada al panteón de ilustres heroínas... del pasado: Santa Teresa de Jesús, Agustina de Aragón, Juana La Loca. Y aunque puede decirse que actualmente asistimos a una paulatina recuperación de estas mujeres en el mundo del arte, ello no ha traído, por el momento, la redención de la que tan bien las supo encarnar. Todo se andará.
Lo cierto es que, a pesar de formar ya parte indefectible de nuestra memoria colectiva, en mi búsqueda de datos concretos sobre Aurora Bautista me encontré con que el Diccionario Mundial de Actores no la trae. Tampoco el índice de actores del libro "100 años de cine", de Augusto M. Torres. Por suerte, el Diccionario del Cine Español que dirige Juan Luis Borau y edita la SGAE corrige en parte el entuerto, aunque miren lo que dice de Aurora Bautista: Actriz declamatoria y grandilocuente. Por supuesto, hablaba de su papel al frente de las heroínas citadas, digo yo. No de La Tía Tula.
Sin embargo nadie duda de que Aurora Bautista es una gran actriz, una de las más grandes, y que en sus inicios cubrió todas las facetas dramáticas, desde el teatro clásico, en el que se inició, hasta el cine, donde triunfó por completo en la década de los 50 y sobre todo de los 60. Pero nunca abandonó el teatro, como veremos.
Su infancia y primera juventud parece que fueron duras, al menos tal como imaginamos que debe corresponder a una niña de postguerra, hija de un republicano represaliado y obligado a dejar su ciudad (Valladolid) para vivir en otra bien distinta (Barcelona), adonde hubo de trasladarse con toda su familia al salir de la cárcel. El argumento de su vida resulta así en verdad novelesco como pocos y me recuerda mucho la peripecia vital de una heroína de novela que me impresionó enormemente cuando la leí, Leticia Valle (Memorias de Leticia Valle) cuya autora, Rosa Chacel, también era de Valladolid. Algo que viene muy a cuento con lo que luego diré de Aurora Bautista a la que he conocido en persona hace apenas unos meses.
Leticia Valle cuenta sus experiencias de niña de postguerra española, ambientadas en Simancas y otros lugares de la Castilla imperial, en el mismo tono intimista y observador para los detalles mínimos, de aguda nostalgia por la cotidianeidad, que podemos ver en la mirada de Aurora Bautista. En la de las películas y en la de carne y hueso.
También en aquella novela hay traslados que causaban ausencias y añoranzas, pues los ojos de la niña se fijaban con tanto detalle en lo que tocaban, que por fuerza había de añorar lo que dejaba atrás aún antes de conocerlo. Preciosismo de lo vulgar, lo han llamado algunos, capacidad para crear microcosmos con la mirada a partir de elementos muy pobres de la cotidiana vida de provincias, limitada casi a ver sin ser vistos, han dicho acertadamente otros. Todo eso es lo que comparte Aurora Bautista con la heroína de la novela de Rosa Chacel.
Estas mujeres de postguerra tenían una extraordinaria capacidad para crear mundos insólitos, a la manera de los que crea la pintura, en medio de la más anodina cotidianeidad provinciana. Basta para darse cuenta de ello con recordar a La Tía Tula, la heroína de la película de Miguel Picazo (1964) basada en la novela homónima de Unamuno, a la que ha quedado indisociablemente unido el nombre de esta maravillosa actriz. Su mejor papel, sin duda inolvidable. ¿Alguien se ha aburrido viendo esa película? A mí siempre me ha parecido apasionante, puro suspense. La mujer se ve reducida, como en las novelas de la gran autora que cito y de otras muchas escritoras casi coetáneas (Carmen Martín Gaite, Josefina Rodríguez Aldecoa, Elena Soriano) al espacio doméstico, un espacio privado que resulta asfixiante visto desde fuera. Allí la mujer desarrolla, sin darse cuenta, una forma de desenvolverse y sobre todo de mirar, que es capaz por sí misma de crear, completamente encerrado entre visillos, un
auténtico microcosmos. En la Valladolid de Rosa Chacel, en la Salamanca de Carmen Martín Gaite, en el resto de las ciudades del interior de la postguerra española donde sólo se podía mirar a la calle entre visillos (de ahí el título, uno de los más conocidos de Martín Gaite) la mirada de la mujer debía de ser por fuerza así y así ha quedado reflejada en la literatura y en el cine.
Las otras tenían el mar (Carmen Laforêt, Mercedes Salisach) y ahí la mirada ya es distinta, pero en la ancha Castilla de Unamuno, no había más remedio que mirar hacia adentro. De ahí que ellas, como Tula, sólo podían crear y recrear su intimidad y el espacio de su mirada era el de su propia interioridad. Una intimidad entrevista, soñada, pocas veces vivida en plenitud, pero que ellas debían defender contra todo y contra todos porque era lo único que tenían.
Aurora Bautista tuvo también más tarde el mar catalán, pero le quedó para siempre esa mirada ensimismada, intimista, creadora de microcosmos en los que posarse, llevados ya para siempre y por doquier desde su infancia y adolescencia vallisoletanas.
Después de debutar como actriz de teatro clásico en Barcelona interpretando a Shakespeare y a nuestros clásicos dentro del Teatro Universitario de la ciudad Condal, la fama le llegó de inmediato con Locura de amor (1948) a las órdenes de Juan de Orduña, quien la dirigiría también más tarde en Pequeñeces y Agustina de Aragón (ambas en 1950). Hasta aquí lo que dice el Diccionario. Lo otro es la altisonancia.
Pero en el último número de Teatro Madrid (Mayo 2.004) se aporta un dato sumamente interesante sobre Aurora Bautista. Es la actriz Ana Marzoa quien habla de su carrera, para lo que enseña una foto en la que junto a ella, se ve actuar a Aurora Bautista: "Recuerdo una obra que tuvo mucho éxito en el Teatro Marquina, se llamaba Paso a paso, dirigida por Ángel garcía Moreno en el 87. Era la historia de una academia de danza, de Richard Harris. Y recuerdo sobre todo a Aurora Bautista porque tenía en ese montaje una comicidad extraordinaria, estaba deliciosa...Era un reparto maravilloso: Encarna Paso, Gemma Cuervo, Aurora Bautista, que estaba fantástica". Estaba fantástica, repite una y otra vez con sincero entusiasmo Ana Marzoa.
Versatilidad de una gran actriz, capaz de hacer creíbles papeles tan dispares como los de reina castellana y chica de revista. Y todo ese potencial se sigue adivinando en esa mirada serena, atenta al detalle y hasta escudriñadora, capaz de hacer no obstante, de perfecta y anónima asistente a un evento cultural.
Era en la Casa de América, pura casualidad. Apenas dos días antes la había visto en una galería de Arte de la calle General Castaños, y sigue siendo la misma Tula de siempre. Nunca la había visto fuera de la pantalla, pero con toda naturalidad respondió a mi saludo como si se tratara de dos viejas conocidas. Inmediatamente me dijo dónde vivía (cerca del Wellington, menuda suerte) y añadió: "ahora", no sea que yo me equivocara y fuera a verla a su antiguo domicilio. La misma cara de niña asombrada sin una gota de maquillaje, nada que ocultar, nadie de quien ocultarse ni ante quien exhibirse, una más escuchando a José Manuel Caballero Bonald, eufórica porque sigue haciendo películas (la última El Tiovivo, de Garci, me contó, con otros que también son santo de mi devoción, como Juan Jesús Valverde).
Si alguien hubiera exclamado en la Casa de América: "¡Es Aurora, Aurora Bautista!", todos se hubieran vuelto hacia ella y el interés por el acto hubiera cambiado de rumbo. No fue así. Si hasta su nombre de nacimiento lo conserva tal cual, que no necesitó cambiárselo para triunfar. Aurora Bautista Zúmel. Así nació y así vive. No iba a cambiarse de nombre La Tía Tula. Declamatoria. Pues vaya.
Imágenes de Aurora Bautista tomadas de la Web de Festival de Cine Iberoamericano de Huelva.
María Anunciación Fernández Antón
Teófilo Calle
TEÓFILO CALLE
Tiene la cabeza de vate galaico y visionario, de mendigo ciego y poeta de los caminos que tan bien inmortalizara Ramón María del Valle-Inclán. Pero no es Max Estrella (aunque bien pudiera porque, como él, también escribe libros) sino uno de aquellos ciegos de la Galicia más profunda, la llamada Tierra del Salnés porque, como ellos, es sobre todo actor y vive de la palabra y del gesto.
Hablo de Teófilo Calle, a quien veo por primera vez en escena, su voz la conocí mucho antes gracias a la radio. Está sobre el escenario de la Sala Fernando de Rojas (Círculo de Bellas Artes, Madrid) y yo, con el resto de las novecientas personas que llenan el patio de butacas, creo que su mirada encendida (hace de San Juan de la Cruz en un texto de Martín Recuerda) se dirige a mí y que sus palabras me están en exclusiva destinadas. En el calabozo, a oscuras, habla con Cristo mismo, que se le ha aparecido, y su cabeza resplandece como si un foco cenital la iluminara, pero es sólo el resplandor de su mirada. No hay otro igual.
Al lunes siguiente, en Garibaldi, la tertulia semanal a la que él había acudido esta vez como ponente, en su día de descanso, no pude menos de preguntarle: -¿Me mirabas, Teófilo? -Sí -respondió. -¿A mí? -insistí, temerosa de la broma que imaginaba típica actoral. -Claro. Eso no tienes que dudarlo nunca.
Comenté el hecho con otros de los asistentes a la función, allí presentes, y a todos les había pasado lo mismo: habían sido mirados a los ojos por él, desde el escenario, y se habían sentido impelidos, directa e individualmente, por las palabras inspiradas del Santo Poeta. Ese famoso "Saint John of The Cross" que tanto estudian las universidades extranjeras y que llena los pies de página de tantísimos libros de poesía ilustrada, había tomado cuerpo por unos momentos en la estructura física de Teófilo Calle. Y era sólo teatro leído. ¿Qué no será éste cuando interprete "de verdad" y sin leer?, pensé yo para mis adentros.
Por entonces, la obra importante que se traía entre manos era El Tenorio, en la que hacía el papel del muerto, don Gonzalo de Ulloa: Yo no puedo vivir en actor -confesaría en esa misma tertulia- porque si yo me lo creyera, oye, ¡que me matan todas las noches! ¡Y yo tengo mujer e hijos! No podría ir acto seguido a mi casa y ejercer de marido y padre responsable.
Qué vehemente es el discurso de Teófilo Calle y quién pudiera creer eso de que "yo no vivo en actor". Yo desde luego, no me lo creo. No hay más que verlo cuando se expresa aquí, entre íntimos, para comprender que algo conserva de todos los personajes a los que ha dado vida sobre las tablas. Así que añade acto seguido: -Esto es un juego y tienes que pensar: ¡Qué bien me engaña éste! O qué mal, según.
Con esto ha resumido La paradoja del comediante, de Diderot, autor en el que este actor es ducho y docto.
-¿Pero hay algo que no sea un juego? -le interpela Luis Riaza, habitual e íntimo tertuliano de todos los lunes-. -Sí, ser padre responsable no es ningún juego. (Sin duda hablan de distintas acepciones de "jugar", pues es seguro que Teófilo Calle, de padre o de actor, siempre se la juega.)
-¿Había mejores actores antes, querido Teófilo? -le aguijonea la voz cascada de otro tertuliano, poniendo sal en la herida abierta de las comparaciones. -Hombre, ahí tienes el acueducto de Segovia que lleva en pie 2.000 años, mientras se nos hunden puentes y torres de cojones. ¿Por qué? Manda la pela. Hoy se aplaude a un chavalito porque es famoso, no porque sea actor. A éste no se le aplaude, mira por dónde. Pero tampoco se le abuchea. Hoy el público pasa (y ahí le duele). Claro, los jóvenes no quieren aprender, no quieren escuchar. Aquí es "yo soy el más grande y me cago en todo lo que se ha hecho hasta ahora", falta educación: ¿Qué es lo que quiere la gente? Si a los niños se les preguntara, no irían a la escuela, irían al río. Así vamos todos, al río. -Pero antes era la dictadura del actor, ¿no? -le pincha de nuevo el de la voz cascada que qué bien sabe provocarle, como que es Enrique Centeno-. Se era de Ribelles o de Merlo. O de Ricardo Calvo. Y esto es inadmisible hoy en día.
-¿Dictadura? -se rebela de nuevo Teófilo Calle-. Yo me arrodillo ante mis maestros, lo haría todavía si los tuviera delante. Y es cierto que ahora el actor no cuenta, manda el director de escena, y hasta las luces cuentan más. Estoy de acuerdo en que hoy el actor es el último.
Esa misma noche todavía, un implacable Mendizábal lo interpeló también: -Tú mucho teatro leído, pero tu director Robert Muro recibe un buen dinerito de la SGAE y del MEC. Y está mal que yo me queje porque soy un director de éxito, pero siempre se las llevan los mismos, las subvenciones, oye.
El vate galaico y visionario ha de hacer frente a algo tan terrenal como hablar de dinero, pero acaba de decir que todo lo humano atañe al teatro y allá va, humilde como el ciego de Misericordia: -Hombre, si me dan a elegir, hubiera puesto una ayuda en ruta en vez de dinero directamente. Pero las cosas están como están y así es como se hace, yo en eso no mando. -Sí -insiste el exitoso-: ¿Y qué harías tú con una ayuda para autobús si te dejan fuera de la RED de teatros? -Pues no sé lo que haría pero algo haría. Haría, haría...
-Teófilo, yo te imagino a ti fuera de cualquier RED al frente de una troupe de cómicos, subido a un autobús para ir a comer el bocadillo al campo con tus compañeros de infortunio, improvisando escenas por los arcenes y las cunetas de España. Y hasta te puedo imaginar componiendo versos al bocadillo de chorizo, una especie de loa para amenizar el acto a la manera de los primitivos comediantes. Mira, te regalo el primer verso: "Humilde aunque dignísimo condumio". ¿Qué te parece? -De perlas, me parece de perlas -respondió con la mayor mansedumbre del mundo. Y subrayó la expresión con su mirada luminosa de vate galaico y visionario.
Meses después, estrenaría en el Teatro Albéniz, Misericordia, de Galdós, y en ella haría el papel de Almudena, el marroquí harapiento, el mendigo ciego enamorado de la señá Benina. Luego seguiría haciéndolo por todos los escenarios de la bendita RED de Teatros de la Comunidad de Madrid.
Desde su retiro en Jerez de la Frontera, donde actualmente descansa por prescripción facultativa, Teófilo Calle dispone ahora de más tiempo para escribir sus artículos, preparar nuevas ediciones de sus libros y dar sus clases magistrales a las gentes de Arte Dramático, con mayúsculas, en un magisterio que no se limita al teatro sino que abarca y se extiende a todo el contenido integral y social de la persona. Es un retiro dorado del que el artista saca tiempo para ocuparse de sus amigos, los que siguen estando en Madrid y los que le nacen por todas partes.
Nota: Este texto fue publicado por la revista ACTORES en el número de junio de 2003 y nos ha sido cedido por la autora.
María Anunciación Fernández Antón
Mary Paz Pondal
MARY PAZ PONDAL
Conocí en persona a Mary Paz Pondal hace tan sólo unos pocos meses en la Casa de Asturias, de Madrid, donde ella "formaba mesa" junto con otros (es cargo de la noble Institución), y lo que más me llamó la atención fue la gran simpatía que emanaba de ella y su enorme capacidad de comunicación, de dirigirse con claridad y sencillez a las gentes anónimas y de toda edad y condición que allí nos congregábamos.
Tan es así, que en aquella ocasión, yo que no me sabía el programa y la oía desde muy lejos, al fondo de la sala, no pude menos de preguntar a mis vecinos de butaca quién era. Era, me dijeron, Mary Paz Pondal, y bien orgullosos que estaban de contar con ella en la Casa. Como que pertenece a la Junta Directiva, lo que lleva tan a gala como ser miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas.
Su nombre me trajo de inmediato resonancias de algo grande pero ya distante, dejado atrás y como muy alejado del momento actual y de mis propios intereses de crítico teatral. ¿Cómo es posible que yo no manejara a diario ese nombre y no lo oyera pronunciar por doquier en los ámbitos en que me muevo? Mary Paz Pondal, Mary Paz Pondal, repetí intentando recordar.
Sin duda tenía la culpa de todo una época en que todo envejece de inmediato. Pero sonarme, claro que me sonaba, muchísimo, y no me pareció justo que tan gran señora quedara relegada a una época ya lejana de nuestra historia cinematográfica y teatral, cuando lo cierto es que se encuentra tan viva como entonces. Viva en todos los sentidos. Y bellísima. Enseguida me planteé ahondar un poco más en tan ilustre persona que debió poseer una belleza poco común, tal como lo demuestra la que aún hoy, ya entrada en años, atesora. Por dentro y por fuera.
Primero, lo que dice de ella el Diccionario del Cine Español (Alianza Editorial), que dirige José Luis Borau: "Nacida en Oviedo, a los 16 años se traslada a Madrid para realizar estudios de Arte Dramático en la Escuela Superior. A finales de los años 60 se produce su lanzamiento artístico con papeles teatrales en La Celestina (Melibea) y con el inicio de películas como Club de solteros (P. M. Herrero, 1967)", en las que ya apuntaba su gran carisma de actriz erótica.
Esta caracterización de erótica, en la que el diccionario insiste mucho como si de un cliché se tratara, ofende a una gran actriz que, sólo a causa de su gran belleza y de la estrechez mental de quien la juzga, sería acreedora de tal calificativo sin más. Pero los diccionarios son así, encasillan, y lo que es peor, se limitan a copiar lo que dicen otros y consagran a Mary Paz Pondal como erótica y a Aurora Bautista como declamatoria... Aunque peor, peor... Peor es que no te saquen en absoluto.
Para comprender esto del erotismo, hay que situarlo en su contexto: Eran los años finales de la censura. Trabajos que combinaban el duro y difícil oficio de hacer reír en tiempos de penuria con un cierto aperturismo en lo social y en lo político. Fue algo muy propio de la transición democrática y un movimiento que dio grandes éxitos en películas en que se combinaba el llamado "landismo" con la pretensión de moralidad política y en las que Mary Paz Pondal actuaba junto a estrellas indiscutibles de la talla de Paco Martínez Soria (El padre de la criatura, de Pedro Lazaga, 1971, Estoy hecho un chaval y La Tía de Carlos, de L. Mª Delgado, 1981). Y en el que títulos como Aunque la hormona se vista de seda, de Vicente Escribá, 1971, Mi primer pecado, de Manolo Summers,1976, Esa cosa con plumas, de O. Ladoire,1987, se hacían merecedores del "erotismo desenfadado y opulento" de que habla el diccionario. Pero Mary Paz Pondal hizo más de CIEN películas.
Tal vez por no aceptar encasillamientos, aunque éstos fueran motivados por el éxito arrollador, y porque sus inquietudes artísticas la empujaban a explorar otros territorios, Pondal decidió dedicarse paralelamente al teatro, actividad en la que se había iniciado en el papel de Melibea al lado de Milagros Leal: Los inocentes de La Moncloa, de Rodríguez Méndez, El deseo bajo los Olmos, de O'Neill, Ninette y un señor de Murcia y A media luz los tres, de Mihura, La barca sin pescador, de Casona, El baúl de los disfraces, de Jaime Salom, El baile, de Edgar Neville, son títulos en los que hizo papeles destacados. De nuevo el papel de Melibea, esta vez al lado de María Guerrero haciendo de Celestina... Y sólo cito por encima, saltándome las tres cuartas partes de todo lo que hizo, porque en el 73 tuvo que abandonar el trabajo momentáneamente para asistir al nacimiento de su hijo David. ¿Hay quien dé más? Pues suma y sigue:
En 1974 forma Mary Paz Pondal compañía propia en la que, bajo la dirección de su compañero Fernando Pereira, muerto recientemente en abril de 2.004, consigue grandes éxitos de taquilla y de crítica: La zorra y el escorpión, de Alfonso Paso, con Armando Calvo; Amando Amanda, de Arteche, con Gracita Morales; Educando a un idiota, de A. Paso, con Máximo Valverde; La decente, de Mihura, con Vicente Parra. De gira por España, lleva El Hotelito, de Antonio Gala, por Guatavo Pérez Puig; La condecoración, de Luis del Olmo, por Vergel; El rayo, de José Osuna, Don Juan Tenorio, en El Español.
En 1992 estrena espectáculo propio en el Centro Cultural de la Villa. Se trata de un montaje de diseño original para dar a conocer la obra del poeta García Lorca titulado Mi querido Federico. A éste seguirán los homenajes a otros poetas contemporáneos: Compañero del alma (Miguel Hernández) o Tres poetas (los citados y Antonio Machado), La paz y la palabra (Blas de Otero), trabajos con los que sigue recorriendo los teatros de España y de todo el mundo de habla hispana allí donde se lo soliciten. No descarta volver al cine. De nuevo pregunto: ¿Hay quien dé más? Si además tuvo tiempo de ser erótica, mejor para ella.
Lo cierto es que a mí siempre me ha parecido totalmente serio el trabajo de gentes como Paco Martínez Soria, Alfredo Landa, Mary Paz Pondal, y el de todos cuantos se dedicaron con mayor o menor fortuna a hacernos reír o sonreír durante los años difíciles. A estas figuras gigantescas, épicas en cierto modo, se unen también nombres de grandes autores teatrales que iluminaron los años oscuros con su falta total de prestigio para sus contemporáneos (Mihura, Jardiel, Arniches), lo que les hizo trabajar por encima de sus posibilidades, en un verdadero descenso a los infiernos, para dejar una obra grande, inmensa, hecha contra el rechazo de las élites.
Recuerdo a este propósito algo que dijo en su día Paco Martínez Soria: "el que tiene miedo de llegar hasta el fondo en todo lo que se propone, es que tiene miedo de lo que va a encontrar dentro de sí mismo".
Algunos adoptaron desde el principio el humor, a otros les vino de refilón sólo a fuerza de desastres, porque de repente descubrieron que tenían éxito en lo más inesperado, en lo menos serio y nunca querido (Arniches, Saza) cuando ellos pretendían nada menos que lo sublime, como cualquier hijo de vecino.
Además de todas las virtudes descritas, su gran belleza y sus grandes dotes dramáticas, Mary Paz Pondal es la propietaria de algo envidiable, algo que me causa una envidia enfermiza, tremenda: Se trata de un molino en Asturias, un molino a 60 kilómetros de Oviedo, su tierra natal, el Molino de Oviñana, convertido ahora en Casa Rural y donde ella pasa el mes de agosto. Situado en plena naturaleza, el Molino se ubica en un entorno paradisíaco, muy cerca del mar y de la villa de Cudillero, capital del Concejo al que pertenece Oviñana. Cercanas quedan las playas del Silencio, del Aguilar y de San Pedro.
Pues que sigas cosechando éxitos, Mary Paz, o que hagas lo que te guste y seas feliz. Te lo mereces.
María Anunciación Fernández Antón
Saza, el pequeño de los Saza
SAZA. EL PEQUEÑO DE LOS SAZA
"Yo soy Saza. Saza a secas, como mi padre, mi abuelo y todos los hombres de mi familia. En mi familia todos los varones hemos sido siempre Saza y sólo Saza. Y yo de pequeño era 'el pequeño de los Saza', que estaba loco porque me aprendía de memoria los personajes del teatro y los repetía en voz alta en el patio durante los recreos: El pequeño de los Saza está loco, decían, pero a mí no me importaba, yo a lo mío. Aunque luego en la función de clase no actuara, por mal comportamiento.
Yo iba al teatro con mi padre los domingos. Los domingos, al salir de misa, íbamos a comprar un postre y mi padre sacaba las dos entradas. Después de comer, mi padre tenía una tertulia, era comerciante en Barcelona, y yo lo acompañaba a la tertulia. Y mientras charlaban, yo, que andaba por allí, me acercaba de vez en cuando ¡con mucho respeto! a la mesa donde estaba mi padre. Sin decir nada, claro, esto no se podía, hasta ahí podíamos llegar. Y él me decía: Todavía no, todavía no."
Quien así nos tiene embobados se para un momento antes de continuar con sus andanzas de aprendizaje como actor. Es el otoño de 2.001, Tertulia de Garibaldi, Lunes de Teatro, que nunca antes lo había tenido yo tan cerca a José Sazatornil, Saza, tan cerca como para mirarlo a mis anchas fuera de los escenarios. Y es verdad que parece un personaje del barroco con esa palidez tan grande, con esa estilización tan suya, uno de aquellos que a él tanto le gustaba aprenderse de memoria en el colegio para recitarlos en el patio a solas mientras los demás niños jugaban. Y desde luego lo sería, si no fuera por ese bigote delgado como una línea, tan característico.
"Yo iba para galán serio -continúa- y mis primeros papeles fueron de galán. Pero la gente empezó a reírse cada vez que yo salía a escena y claro, aquello no se podía. Y a mí me sentaba muy mal, eh, porque yo quería ser galán. (Risas). Yo era galán, ojo. (Más risas). Galán serio, trágico. Me sentaba muy mal que se me rieran en las barbas, pero no había manera. Hasta que no hubo más remedio que empezar a darme papeles cómicos. Dijeron: oye, que con éste se ríen. Y así fue como empecé. (Silencio. Estamos embobados.) A mí esto al principio me sentó muy mal, fatal. Pero eso fue sólo al principio, porque ahora, cuando oigo que se ríen me entra una alegría tan grande, que bajaría al patio de butacas y daría un beso a cada uno de los espectadores. (Pausa.) A las señoras primero, claro."
-¿Cuál es tu personaje preferido, Saza? -pregunta un tertuliano, uno de los pocos que han salido de su asombro.
"Ninguno. Los quiero a todos por igual, no tengo predilecciones, les debo a todos muchísimo. A todos les estoy muy agradecido".
-¿Y cuál te falta por hacer? -se anima otro tertuliano-. Ese con el que sueñas y que todavía no has hecho.
"Ninguno. Estoy encantado con todos los que he hecho y no echo de menos a ninguno. No hubiera deseado hacer ningún otro más que los que he hecho. Por otra parte, con el personaje no se sabe nunca qué es lo que va a pasar, porque uno hace lo que puede pero luego todo depende del público. Mira, ahora llevamos año y medio en El Español cuando sólo contábamos estar tres meses. Y ahí seguimos. Y que dure por muchos años". (Risas. Se refiere a "Los habitantes de la casa deshabitada" de Jardiel Poncela, un éxito rotundo de público y totalmente inesperado).
"Y yo hago de esqueleto en la función, así que ustedes dirán. (Sin transición:) ¿Saben ustedes que estoy muy contento de estar aquí? Y estaba muerto de miedo, que conste. Pero eso era antes de venir aquí porque pensaba que ustedes iban a ser muy duros conmigo y que me iban a someter a todo tipo de preguntas incómodas. Sobre todo después de ver al señor del otro día, que ése sí que era un sabio. Pero ahora que los veo a todos ustedes tan risueños y tan simpáticos, pues ya me encuentro mucho mejor. Son ustedes muy majos, sí señor, y les estoy muy agradecido. Y ahora me sacarán ustedes en brazos y gritarán: A la de tres! ¡A la de tres! Y yo me creeré que van ustedes a llevarme a un restaurante de tres tenedores, pero será que me van a dar tres coscorrones contra el dintel de la puerta antes de arrojarme a la calle, que es lo que se hacía con los malos actores".
-¿Cómo te haces con el personaje, Saza? -se anima a preguntar otro de los asistentes a la tertulia.
"Yo empiezo a leerlo y el personaje me va diciendo cosas. Y así una y otra vez hasta que me lo aprendo de memoria. Y entonces ya me dice de todo porque ya es mío. O yo de él, según se mire. Así es como yo me hago con ellos, o ellos conmigo. Y ésta es la razón por la que no trabajo más en televisión. Lo digo con toda humildad, eh, que yo para eso no valgo porque me lo tengo que estudiar hasta aprendérmelo de memoria: Que cuando mandan un taxi a buscarte a las 6 de la mañana, bien temprano, te vas repasando el guión que te dieron el día antes, y eso para mí es fatal, que ya digo que me lo tengo que llevar sabido al dedillo, y si no, no sirvo. Pero es que cuando llegas al estudio, te quitan el papel y te dicen: éste no es, es este otro. Y yo no puedo. Ahora, en cine sí, porque esto me lo respetan, Berlanga me ha llamado para todas desde que hice La escopeta nacional, lo que pasa es que no siempre puedo, pero llamarme, siempre. (Sin transición.) Yo estoy muy bien aquí con todos ustedes.
Son ustedes muy majos y no me han hecho ninguna pregunta incómoda, les estoy muy agradecido".
Y un día lunes, algunas fechas más tarde, en la misma Tertulia de Garibaldi, alguien habló de las grandes figuras del teatro que habían muerto literalmente de hambre, o en estado de abandono casi completo. Y del miedo que tenían algunos a acabar igual por la misma razón, lo que motivaba una enorme austeridad en bastantes de ellos. Tacañería, dijo alguno. Maledicencias de cómicos, salió a relucir el nombre de Saza:
-Uy, ése no sale nunca por las noches, nunca le verás por ahí. Y cenar, cena una sopa. Una sopa y una loncha de jamón York, no cena nada más.
-Pues a mí Saza me ha invitado a comer -dijo Cornejo, el productor-. Y a cenar -añadió alzando la voz y creciéndose varios palmos ante mis asombrados ojos.
-Pues si vas ahora (eran las 10 de la noche) a su casa, ya sabes lo que vas a cenar: una sopa -concluyó el maldiciente, que era un autor de éxito.
Y yo pensé para mis adentros: Si yo tuviera la suerte de llegar una noche de invierno a una casa. Y que esa casa fuera la de Saza. Y que después de informarse por la criada de quién era yo, me invitara a pasar y a compartir su cena, con esos modales educadísimos de gran señor barcelonés asentado en Madrid. Y que una vez sentados los dos en torno a la mesa camilla, bien abrigadas las rodillas con el faldón de paño, empezara él a decirme entre sorbo y sorbo a la sopa: "Yo, sabe usted, soy Saza. Saza a secas. Y todos los varones de mi familia hemos sido siempre Saza y nada más que Saza. El pequeño de los Saza..."
¡Y qué más quisiera yo que ser esa viajera!
Nota: Este texto fue publicado por la revista ACTORES en el número de diciembre de 2003 y nos ha sido cedido por la autora.
María Anunciación Fernández Antón
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